El informe Report Card 19 (UNICEF 2025), que analiza el bienestar infantil en países de la OCDE y la Unión Europea, ubicó a Chile en el último lugar. Mientras niñas y niños neerlandeses se posicionan como los más satisfechos, quienes viven en Chile presentan los niveles más altos de insatisfacción con la vida, sobrepeso, trastornos ansiosos, sintomatología depresiva y tentativas suicidas. La situación es especialmente alarmante en adolescentes mujeres y personas de diversidades sexuales, que enfrentan una carga que la sociedad aún no reconoce ni aborda.

Frente a este escenario, no basta con identificar errores: urge redefinir el rumbo. El modelo neerlandés ofrece una hoja de ruta centrada en el bienestar infantil, donde el tiempo compartido, la seguridad afectiva, la autonomía y la conexión emocional son pilares fundamentales. Padres y madres trabajan en jornadas compatibles con la vida familiar, y niñas y niños crecen con adultos emocionalmente disponibles. Esa combinación requiere voluntad institucional y compromiso social sostenido.

En contraste, contextos como el chileno, atravesados por un modelo económico centrado en la productividad y una cultura machista, exhiben dinámicas familiares fragmentadas, jornadas agotadoras y vínculos debilitados. La desarticulación del tejido comunitario ha dejado a muchas familias enfrentando solas una tarea que requiere redes y corresponsabilidad. Ante esta evidencia, la decisión de actuar no puede seguir postergándose.

En el corto plazo, se requiere una política pública eficaz en conciliación trabajo-familia. Jornadas laborales razonables, licencias parentales pensadas en la salud de los niños y niñas, así como políticas públicas que apoyen la salud por un lado y otras que apunten a la corresponsabilidad con tiempos protegidos de desconexión debieran  convertirse en estándares. La acción coordinada entre Estado, empresas e instituciones es indispensable. Sin transformación cultural, las leyes resultan insuficientes.

A mediano plazo, es fundamental reconstruir comunidad. Recuperar espacios públicos seguros, fortalecer la vida de barrio, habilitar escuelas como centros de encuentro social y comunitario, implementar programas de salud mental desde la niñez  y formar equipos educativos en promoción, prevención y tratamiento en  salud mental, son medidas prioritarias.

A largo plazo, es urgente revisar el modelo de desarrollo. Una nación que no protege a la niñez compromete su futuro. Promover una crianza basada en el respeto, la autonomía y el cuidado mutuo, donde el bienestar emocional tenga el mismo valor que el rendimiento académico, constituye una apuesta concreta por una sociedad más empática, justa y resiliente.

Estados como Países Bajos no presentan una realidad ideal, pero evidencian que existen caminos posibles. El bienestar de los niños no es un privilegio reservado a ciertos contextos, sino un derecho humano fundamental. Chile dispone de los recursos, las capacidades técnicas y el conocimiento necesario. El desafío es transformar el bienestar de la niñez en una prioridad transversal y no en una consigna sin contenido.

Todavía es posible corregir el rumbo. El momento de actuar es ahora.

 

Por Leslie Power

Psicóloga Clínica

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